| 11 Ajpu, 13 Mol del año 1 Kej, 5.154.Durante siglos, los historiadores han contemplado con admiración la grandeza astronómica de nuestros abuelos mayas. Sabemos de sus calendarios perfectos, de su capacidad para leer el cielo y de su matemática sagrada. Pero había un misterio que permanecía intacto: ¿quiénes fueron los genios detrás de esos cálculos que aún hoy desafían a la ciencia moderna?
Ese silencio ancestral cambió gracias a un descubrimiento extraordinario en la antigua ciudad de Xultún, en el noreste de Guatemala. Allí, entre muros de estuco y pigmentos que sobrevivieron más de mil años, los arqueólogos encontraron algo que jamás se había visto: el nombre del astrónomo y matemático maya más antiguo conocido. Su nombre es Sak Tahn Waax, “Zorro de pecho blanco”.
Un cuaderno de trabajo del siglo VIII
El hallazgo proviene de una pequeña cámara del siglo VIII d. C., cuyas paredes están cubiertas de cálculos manuscritos, tablas astronómicas y anotaciones matemáticas. No son inscripciones ceremoniales ni propaganda real. Son notas de trabajo, el pensamiento vivo de un erudito en plena labor intelectual.
Lo más sorprendente es que uno de esos textos concluye con una frase que atraviesa el tiempo como una firma: “Así dice Sak Tahn Waax.” Por primera vez, podemos señalar a un sabio maya concreto, un científico ancestral que dedicó su vida a descifrar el movimiento del cosmos.

Este descubrimiento es, para la ciencia maya, lo equivalente a encontrar el cuaderno personal de un astrónomo de la antigüedad. Y nos revela algo profundo: el conocimiento del Códice de Dresde no surgió de la nada; ya florecía siglos antes en comunidades académicas mayas organizadas y rigurosas.
La Astronomía maya una tradición científica organizada
Los cálculos de Sak Tahn Waax no son simples listas de fechas. Son relaciones numéricas elegantes, integraciones complejas entre: el calendario sagrado Cholq’ij (260 días), el calendario solar Chol Haab (365 días), los ciclos sinódicos de Venus y Marte. y demás planetas del sistema solar.
Su trabajo muestra cuándo estos ciclos independientes volvían a alinearse a lo largo de enormes periodos de tiempo. Esto no se logra con observaciones casuales: implica décadas, incluso siglos, de registros acumulados, transmitidos de maestro a discípulo por generaciones.
Venus, observado como Estrella de la Mañana y Estrella de la Tarde, era clave para la búsqueda de la paz, la profecía y las ceremonias reales. Marte, con su movimiento complejo, exigía aún más precisión. Sak Tahn Waax dominó ambos.
Sus cálculos revelan la existencia de un cuerpo profesional de sacerdotes-astrónomos, capaces de identificar patrones planetarios, probar modelos matemáticos y preservar sus hallazgos para el futuro. Una verdadera comunidad científica mesoamericana.
La cámara de Xultún: un laboratorio intelectual
El lugar del hallazgo es igual de fascinante. La cámara no era un santuario real, sino un espacio de trabajo, una especie de laboratorio o aula donde escribas y astrónomos de élite desarrollaban su ciencia. Borradores, bocetos, tablas numéricas, figuras pintadas: todo indica que allí se gestaba conocimiento, no propaganda. Es la ciencia maya en pleno movimiento, capturada en su estado más humano y auténtico.
Un descubrimiento que transforma la historia
Para los estudiosos de la civilización maya, Sak Tahn Waax cambia todo. Antes, las tablas astronómicas del Códice de Dresde parecían obras anónimas. Hoy sabemos que detrás de esos logros había personas reales: sabios que dedicaron su vida a observar el cielo, perfeccionar modelos matemáticos y registrar el conocimiento para las generaciones futuras.

Este descubrimiento confirma lo que muchos ya intuían: La astronomía maya no fue solo ritual. Fue una tradición científica generacional, una de las más precisas y avanzadas del mundo antiguo. Una ciencia que nació mirando el cielo… y que hoy vuelve a iluminar nuestra comprensión del universo.
Sinceramente: MayaTecum el Ajq’ij y Ajtij del pueblo maya.
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