En el sagrado calendario hoy es: Imox Mak Kej  |  8 Imox, 14 Mak   del año  1 Kej, 5.154.

En estos días circula una información que dice que el antiguo nombre de San Simón es IXPIYAKOK del sagrado Pop’ Wuj, algo que nos llamó la atención por ser una de las recientes falacias de los espiritistas, esoteristas, y seudo guías espirituales mayas.

A través de este documento queremos declarar que San Simón no es I’xpiyakok, la tendencia contemporánea a unificar a Ixpiyakok, el Ri Laj Mam y San Simón bajo una sola identidad es una falacia histórica y un acto de apropiación epistémica. Esta fusión distorsiona la memoria colectiva de los pueblos originarios y despoja a cada figura de su verdadera esencia.

La tergiversación turística, el esoterismo y la corriente New Age y el descuido antropológico colonial han reducido la complejidad de la historia maya a un folclorismo homogéneo, utilizando el término “Abuelo” como un comodín analítico irresponsable.

Reivindicar la verdad histórica y la soberanía espiritual, demostrando que confundirlos borra las fronteras de las eras cosmogónicas, de las identidades étnicas (K’iche’ y Tz’utujil) y de la resistencia política real.

La unificación de Ixpiyakok, el Ri Laj Mam y San Simón bajo una sola entidad no es un fenómeno de evolución espiritual orgánica; es, por el contrario, una distorsión sistemática nacida de la incomprensión colonial y perpetuada por el mercado del esoterismo contemporáneo.

Para devolver la dignidad histórica a los pueblos K’iche’ y Tz’utujil, es imperativo diseccionar las tres grandes falacias que sostienen este engaño.

El primer gran error metodológico de quienes defienden esta fusión radica en una lectura superficial del idioma K’iche’ y Tz’utujil, específicamente en torno a la raíz Mam. En las oraciones cosmogónicas del Pop’ Wuj, el abuelo creador Ixpiyakok es invocado bajo el epíteto de Kamul Mamom (Doble Abuelo); por su parte, el líder histórico de la resistencia Tz’utujil es recordado amorosamente como Ri Laj Mam (El Gran Abuelo).

Equiparar a ambos personajes basándose únicamente en esta coincidencia terminológica constituye un analfabetismo cultural profundo. En la estructura social y lingüística mesoamericana, la palabra Mam no es un nombre propio, sino un título honorífico de orden jerárquico, espiritual y comunitario. Se utiliza para denotar la máxima cumbre de la sabiduría, la vejez venerable, la autoridad del ancestro y el resguardo del tiempo.

Afirmar que, Ixpiyakok y el líder Tz’utujil de 1524 son el mismo ser porque a ambos se les llama “Abuelo” es epistemológicamente tan absurdo como sostener en la historia occidental que “El Padre de la Patria” (título político), “El Santo Padre” (título eclesiástico) y “El Padre del Psicoanálisis” (título académico) refieren a un mismo individuo. La lingüística nativa es clara: Mam describe una función y una dignidad, no una biografía compartida.

Desde una perspectiva estrictamente académica e histórica, la fusión de estas figuras quiebra las leyes más elementales de la cronología y la geografía étnica del altiplano guatemalteco:

El abuelo Ixpiyakok habitó en el Tiempo Mítico o Cosmogónico, una era pre-humana donde el sol aún no existía y los Creadores ensayaban la arquitectura del universo sobre el silencio de las aguas.

I’xpiyakok no fue un líder terrenal ni una deidad soberana absoluta; fue el consultor cósmico del Ukux Kaj, Ukux Ulew, (Corazón del Cielo, Corazón de la tierra) encargado de descifrar el destino de la humanidad a través de la simetría sagrada del maíz y el Tzité.

Ixpiyakok representa la energía primigenia de la orientación del cosmos, el orden de los días y el nacimiento de la consciencia humana antes de la llegada del sol actual.

El Ri Laj Mam (encarnado en la memoria colectiva), pertenece a la Era Histórica Documentada. Fue un hombre de carne y sangre que caminó sobre la tierra, sintió el dolor de la invasión y organizó estrategias espirituales, militares y políticas reales frente a los caballos y las espadas de Pedro de Alvarado en 1524.

Tras su martirio y muerte física, el pueblo Tz’utujil inmortalizó su legado tallando su efigie en madera de Tzité para albergar su Nawal (energía guardiana).

Es importante entender que, el abuelo Ixpiyakok es una manifestación de la teología y la literatura sagrada del pueblo maya K’iche’, estructurada en el corazón de Chuila y Q’umarkaj. El Ri Laj Mam fue un héroe nacional, un guía espiritual y miembro de la realeza del pueblo maya  Tz’utujil de Santiago Atitlán.

Funsionarlos bajo un solo nombre no solo es un error histórico; es un acto de centralismo colonial implícito que borra las fronteras culturales, las autonomías territoriales y las identidades específicas de cada comunidad maya, homogeneizando de forma irresponsable sus legados particulares.

Si la historia y la lingüística demuestran la imposibilidad de esta unión, cabe preguntarse: ¿por qué inventan esta mentira, de qué San Simón es Ixpiyakok? La respuesta se encuentra en las dinámicas del mercado espiritual contemporáneo y los remanentes de la ladinización.

Durante siglos, el pueblo Tz’utujil se vio obligado a utilizar la festividad católica del apóstol San Simón (28 de octubre) como una máscara de supervivencia. Era un escudo político: disfrazar el respeto al ancestro y líder de la resistencia (Ri Laj Mam) bajo el ropaje de un santo bíblico para evitar que la Iglesia Católica quemara su efigie de madera de Tzité acusándolos de herejia..

Sin embargo, con el paso del tiempo, el esoterismo comercial occidental y las corrientes pseudoespirituales de la Nueva Era (New Age) malinterpretaron este mecanismo de defensa.

Estos movimientos, movidos por el afán de lucro y la necesidad de empaquetar una espiritualidad maya “fácil de consumir” para el turismo místico, crearon un panteón sintético. En su afán por vender rituales y libros de sincretismo barato, tomaron al abuelo del tiempo del Popol Wuj (Ixpiyakok), lo mezclaron con el líder revolucionario de 1524 (Ri Laj Mam) y lo metieron en el molde occidental del santo popular (San Simón). El resultado es un híbrido comercial que despoja al abuelo maya de su profundidad teológica, al héroe Tz’utujil de su valor político e histórico, y al creyente de la verdad.

El abuelo Ixpiyakok, el Ri Laj Mam y San Simón son tres entidades jurídica, histórica y espiritualmente independientes, cuya fusión artificial constituye una falacia teológica y un severo error historiográfico.

Sostener que estas figuras son una misma manifestación no solo carece de sustento científico y documental; representa, además, una preocupante forma de violencia cultural que despoja a los pueblos K’iche’ y Tz’utujil de sus legados específicos para entregarlos al folclorismo comercial y al consumo de la Nueva Era.

Es por eso que, es importante hacer análisis crítico de los textos, la lingüística y la memoria oral ya que son los que nos obligan a trazar una frontera clara e infranqueable entre cada uno:

Ixpiyakok no es un personaje de la historia colonial ni un santo popular; es la energía cósmica primigenia, el primer gran abuelo de la teología maya K’iche’ en el sagrado Popol Wuj, dueño del tiempo y arquitecto del destino cósmico en una era pre-humana.

El Ri Laj Mam no es un mito abstracto ni un santo de la Iglesia; es el ancestro sagrado y líder, espiritual, político-militar de la realeza Tz’utujil de 1524. Reducirlo a una deidad mística o a un santo católico es un acto de amnesia colectiva que invisibiliza su verdadero valor: el de un sabio de carne y hueso que organizó la resistencia comunitaria y derramó su sangre defendiendo la soberanía de Atitlán frente al invasor español. Su efigie de Tzité es el contenedor de una memoria revolucionaria, no de una superstición occidental.

San Simón no posee raíz maya ni americana; es un apóstol del Medio Oriente perteneciente al santoral católico europeo, cuyo nombre y fecha litúrgica es el 28 de octubre, fecha y personaje que fueron utilizados con astucia por los abuelos Tz’utujiles como un escudo político de supervivencia. 

San Simón fue la máscara, el disfraz necesario para salvar al Ri Laj Mam de las hogueras de la Inquisición, pero confundir la máscara con el rostro del héroe es validar el triunfo de la aculturación colonial. 

En última instancia, desmentir su unificación no debilita la espiritualidad mesoamericana; al contrario, la dignifica y la descoloniza. Reconocer que, no son lo mismo es un acto de justicia histórica indispensables para rescatar el pensamiento teológico maya en toda su complejidad, honrar el valor político de los héroes de la resistencia de 1524 y devolverle a cada comunidad el derecho soberano sobre su propia memoria y sus verdaderos abuelos.

Sinceramente: MayaTecum el Ajq’ij y Ajtij del pueblo maya.

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