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Los inditos del 12 de diciembre

El 12 de diciembre es una celebración que combina religión y racismo. Año con año, para festejar a la Virgen de Guadalupe, cientos de niñas y niños se presentan frente a ella disfrazados de “inditos”, buscando con esto obtener su bendición. Es el único día en el año en que, voluntariamente, las familias ladinas (católicas) optan por disfrazar a sus hijos de indígenas; los restantes 364 días se encargan de ignorar su cultura, rechazarlos y discriminarlos.

Pero… ¿por qué disfrazarlos de inditos?

El 12 de diciembre se rememora la supuesta aparición de la Virgen de Guadalupe frente al supuesto Juan Diego, un indígena chichimeca de nombre original Cuauhtlatoatzin (información que puede corroborar fácilmente en internet), en el cerro del Tepeyac en 1531, a sólo 12 años de la invasión española a la antigua ciudad de Tenochtitlan, ahora conocida como la Ciudad de México. Juan Diego representa al “indígena bueno”, aquel que aceptó la conversión y por ello es digno de representar, pero como símbolo “sometido, invadido y conquistado”, no como pueblo que “aceptó” la religión para sobrevivir; por esto se construyeron atuendos que no representan a los que portan cotidianamente los pueblos indígenas, sino más bien lo que el racismo ha determinado que son las características de los indios.

Observemos la composición del disfraz: el atuendo para los niños está formado por pantalón y camisa de manta, faja roja, pañuelo rojo con puntos blancos; sus accesorios son sombrero, caites, tecomates, mecapal, metate y morral de red. Para las niñas: falditas (porque no son cortes, los cortes se venden por varas y cada cultura lo porta de manera distinta) con plegados elaborados con telas “típicas”, güipiles o blusas con forma de güipil; sus accesorios son canastos con juguetes o figurillas de frutas y verduras, réplicas en miniatura de piedras de moler, collares y pequeñas cintas para el pelo; deben tener las mejillas ruborizadas y los labios pintados de rojo. Para ambos atuendos es fundamental el bigote en los niños y el lunar en la mejilla de las niñas; ambos pintados con delineador negro, muy al estilo de Pedro Infante y María Félix en la película mexicana Tizoc: amor indio (1956), la cual le recomiendo para observar los estereotipos construidos alrededor de los indígenas mexicanos.

¿Qué decir de la tradición? La tradición (en Guatemala) dice que por cierta cantidad de años consecutivos (que pueden ser 3, 7, 12, o según el criterio familiar) hay que vestir de “inditos” a los niños y niñas y llevarlos a presentar a la Virgen de Guadalupe para que les bendiga. Esta es una costumbre mayormente practicada por los ladinos y mestizos. Incluso, al estar escribiendo estas ideas e intentar observarme dentro de esta costumbre, lo único que logro recordar (como kaqchikel que vivió su infancia en un poblado maya y que creció en una familia católica) es mi indignación de niña cada 12 de diciembre ante la posible fuga de uno de mis vestuarios que sería prestado a alguna familia ladina de mi pueblo y que probablemente no sería devuelto (como ocurrió algunas veces). En esa época, era una constante prestar los trajes, pues no se concebía la idea de invertir en un conjunto de ropas que se usan nada más un día y que probablemente no le quedarían a la niña al año siguiente.

Durante mi infancia, como niñas indígenas, solíamos salir a ver el desfile de las niñas que se disfrazaban de “nosotras”; muchas de ellas eran nuestras propias compañeras de escuela o nuestras vecinas, pero a pesar de que algunos de los trajes de ese desfile eran los nuestros y ellas no nos eran extrañas, no se parecían a nosotras. Es más, la idea era esa al pintarse de rojo los labios y los cachetes y utilizar ropa (de estilo europeo) debajo del güipil o del corte, como evitando que las prendas tuviesen contacto directo con su piel. Esto me motivó a revisar mi colección familiar de fotografías y, en efecto, nosotras, las niñas indígenas, seguimos sin parecernos a los atuendos que se arman cada 12 de diciembre, convirtiéndolos por lo tanto en disfraces, que consisten principalmente en hacernos parecer a algo o alguien que consideramos no somos nosotros mismos y que, en este caso, responde a los estigmas que socialmente se han construido alrededor de los pueblos mayas y que, en su mayoría, han sido fundados bajo preceptos racistas.

A pesar de que el 12 de diciembre es una celebración grande, hay poca información sobre la misma y su origen en la concepción de quienes la practican. Las personas suelen tener una idea muy general sobre este suceso y, sobre todo, acerca de uno de los personajes principales de esta historia (Juan Diego) y su papel en la evangelización de los pueblos indígenas de “América”. El 12 de diciembre es una celebración que se mantiene en el continente invadido por los españoles. ¿Cuántos, por ejemplo, sabemos que esta práctica de disfrazar a los niños de “inditos” se desarrolló en Guatemala hasta el siglo XIX? Según las investigaciones de Arturo Taracena en su libro: “Guadalupanismo en Guatemala: culto mariano y subalternidad étnica”. Al menos yo no lo sabía hasta que, indagando entre algunos colegas, un historiador muy amablemente me aportó el dato para ampliar este análisis.

Es inevitable también preguntarme: ¿por qué seguimos renegando de la permanencia actual del racismo, pero no profundizamos en las prácticas que reproducen y traducen sin tapujos estigmas racistas, sólo porque se desarrollan en el marco de la religión, como si la religión no hubiese sido una herramienta fundamental para el sometimiento de los pueblos indígenas? ¿Y las ciencias sociales, qué papel tienen en la sociedad o entre las personas como usted y como yo que no nos conformamos con repetir monótonamente costumbres por el simple hecho de serlo, sino que preferimos investigar y conocer el origen de nuestras prácticas, nuestra espiritualidad o nuestra fe? ¿Y quiénes, luego de profundizar en el origen y sentido real de sus prácticas (religiosas o culturales), descubren o reafirman que han estado reproduciendo la discriminación sin darse cuenta o sin tener consciencia de esto? ¿Estarán dispuestos a transformarlas y, por qué no, hasta cambiarlas? Porque ni la cultura, ni la religión, ni nada que tenga que ver con los seres humanos es perpetuo e incambiable. ¿Por la religión seremos capaces de seguir legitimando el racismo y otras formas de discriminación?

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Sandra Xinico B’atz (1986, Patzún, Chimaltenango)
Antropóloga Maya K’aqchikel, engasada con las letras, empecinada por la historia y obstinada en que se escuche nuestra voz, la voz de los pueblos nativos.

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